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Dolores

Creaciones de mi mundo

Dolores

EL MAR  
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February 15

LA ASESINA (3)

Una y otra vez, en la oscuridad de su habitación, revivía el asesinato.

Debería haber sentido algo; placer, culpa, temor,…. Pero nada de eso había ocurrido. Ni siquiera sintió asco al separar la cabeza del cuerpo y colocarla encima de la bandeja.

¿Así sería su vida a partir de ahora? ¿Un absoluto vació de sentimientos?

Lo mejor era hacer alguna prueba, ya que el asesinato no había aclarado nada para ella.

Muchas veces había pensado en diversas formas de terminar con su vida, y, de todas ellas, cortarse las venas era la única que tenía clara que no podría hacer, sólo pensarlo le daba escalofríos, o al menos antes.

Esa sería la mejor manera de comprobar lo que pensaba.

Como cualquier científico dispone el material para sus experimentos, ella saco todo lo necesario; la cuchilla de afeitar, el agua del baño, la música y el teléfono.

Se desnudó y se metió en la bañera (había visto la escena tantas veces en la televisión que le pareció adecuarlo copiarla). De fondo sonaba alguna canción triste de las que siempre la hacían llorar.

El corto fue rápido, ni siquiera tembló al realizarlo. Como quien pinta una línea en un papel, la cuchilla se deslizó por su muñeca.

La sangre comenzó a manar por la herida y ella la observaba, como quien observa el cauce de un río.

Nada de miedo, de dolor, ni siquiera de paz. Tantas veces pensando que se sentiría en un suicidio, y ahora no podía saberlo. Ya no sentía.

Aunque este no era un suicidio normal, ni siquiera era un suicidio.

De fondo se oía la sirena de la ambulancia, alertada por una llamada anónima que había oído ruidos extraños en la casa.

Ahora que no podía sentir, perder la vida no tendría sentido.

LA ASESINA (2)

No iba a ser muy difícil…

Su primera víctima había sido un fallo anterior de otros. Estaba hospitalizado, sedado y sin opciones de defensa.

Un par de guardias en la puerta no era nada para alguien capaz de abandonar su reflejo mortal en un habitación cualquiera.

No se dieron cuenta cuando entró en la habitación, aunque él sí. Había sido uno de ellos, así que, a pesar de la sedación, era capaz de presentir su llegada.

Decidió tomarse su tiempo. Debía elegir un método rápido pero seguro. Esta vez no debía volver a la vida. Quien hizo antes el trabajo fue muy chapuzas. El dolor no era importante. Se había decidido su condena y había que cumplirla. Rápido, impersonal, efectivo. Pero, el otro había olvidado eso.

Certeras puñaladas en partes importantes aseguraban el dolor, la debilidad y la muerte lenta por desangramiento, siempre y cuando no pasase una vecina chismosa y oyese ruidos extraños.

Y ahora ella debía enmendarlo.

Su primer asesinato.

Se supone que debería sentir algo, pena, remordimiento, ansiedad,… Pero ella ya no sentía.

Cogió la espada que estaba allí, escondida en el armario como le habían dicho, miro al hombre, y le asestó el golpe definitivo.

Cuando los médicos y las enfermeras entraron a atender la parada, se encontraron con una terrible escena.

El hombre yacía muerto, las paredes estaban salpicadas de sangre y su cabeza, ya separada del cuerpo, miraba al mismo, como quien contempla su propia muerte.

LA ASESINA

Nunca se lo hubiera imaginado.

Esa semana la vida se le había hecho demasiado cuesta arriba. La oscuridad que siempre reinaba en sus pensamientos había salido a la luz, después de estar varios días escondida.

Nunca la dejaba. Se iba y volvía como un mal amante.

Mirándose al espejo no dejaba de repetir lo mismo.

“No le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie…”

Las primeras veces la imagen reflejaba una cara triste, de ojos llorosos. Tiempo después las lágrimas dejaron de brotar. Sólo veía una cara, que poco a poco se iba desdibujando.

“No le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie…”

La cara ya había desaparecido del espejo. No había ojos, ni boca, ni pelo, nada.

Pero no la preocupaba. Había pensado tantas veces en desaparecer que no se sorprendió siquiera cuando estaba ocurriendo realmente.

Entonces el espejo dejo de reflejarla, de reflejar su entorno, y sólo reflejo oscuridad.

“No le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie…”

No supo como, pero empezó a oír voces. Al principio era un susurro, pero a medida que ella repetía, se iba haciendo más fuerte.

“No le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie, no le importas a nadie.”

Entonces enmudeció, y escuchó claramente la voz. Supo en lo que se había convertido y lo que, desde ese instante, sería su vida.

Era lógico. Por fin había dejado de sentir, ya nada le dolería. Seguía teniendo un cuerpo de mujer, pero eso sólo sería ahora una carcasa.

¿Y qué podía hacer alguien que ya no sentía nada? Convertirse en la asesina perfecta.

January 22

MI VIDA SIN TI

El café ya no tiene el mismo sabor, ni siquiera es capaz de calentar mi frío cuerpo. Desde que te fuiste, nada ha sido lo mismo. Vivo mis días cual máquina, haciendo las cosas por rutina, y no por impulso. Ya no recuerdo la última vez que lloré de risa, o que simplemente llore. Ninguna emoción corre por mis venas. Ni frío, ni calor, ni alegría, ni tristeza,… No hay amaneceres bellos, ni hermosas estampas en el mar, no hay luz de luna, ni cielo sembrado de estrellas.

He dejado morir mi corazón, a la espera de que mi cuerpo le acompañe. Ya no hay latidos, sólo movimientos mecánicos ausentes de valor. No hay pasión, no hay nada. Sólo hay vacio, soledad, y ya ni eso duele.

Creaste a una mujer feliz, y has dejado, después, una máquina de carne y hueso. No hay final feliz, no hay milagro, ni hadas, ni hechizos.

November 16

EL MATRIMONIO

¿Cuánto había pasado ya? ¿Un año, unos meses,…? Por muy raro que pareciese, no era capaz de recordar la fecha de su matrimonio.

Ella, una romántica incurable, que siempre había creído en la existencia de un príncipe azul, en un final feliz, donde todos comían perdices, no era capaz de recordar la fecha de su boda. Aunque, claro, su matrimonio no había sido precisamente el final feliz de una novela rosa.

Pensándolo bien, todo se podía parecer mas a un contrato. Bueno, realmente lo era.

Su boda no fue por amor. Él logro los papeles que necesitaba para cambiar de nacionalidad, y ella, una vida acomodada en un buen barrio.

Los que realmente conocían la verdad de lo que ese matrimonio ocultaba, siempre pensaron que su razón fue el dinero. Todo siempre parecía quedar reducido al color verde. Sin embargo su motivo era realmente distinto.

Llegó un momento en lo que lo único que la asustaba era estar sola. Sus amigos, su familia, sus compañeros, todos tenían ya su vida encarrilada, mientras que ella seguía igual. Nada de amor, nada de aventura, nada de compañía, más bien al contrario. Con el paso del tiempo se fue sintiendo más sola.

El amor no era par ella, nadie podría ver nada ella, ya que no existía nada que ver.

Y allí estaba ella ahora, mirando a la televisión e intentando recordar cuanto tiempo había pasado desde su boda. Y era absurdo intentar preguntarle a él. Su única vida era el deporte, y a él dedicaba la mayor parte del tiempo.

No podía estar viendo la tele sin poder responderse. Era como cuando intentas recordar una canción y sólo puedes pensar en ello. Así que se levantó y se dirigió a la habitación de él. Era gracioso, él durmiendo en la habitación  de matrimonio y ella en la de invitados, aunque, eso sí, toda su ropa estaba en el armario de él, por si una visita insospechada se decidía a revisar su “feliz vida de casados”. Allí, enfrente de la cama, estaba la foto del día de la boda, y en una de las esquinas la fecha.

Estaba tan distraída en estos pensamientos que no había escuchado el ruido del agua.

Después de ver la fecha se giró para volver al salón, cuando, frente a ella, apareció él, recién salido de la ducha, y sin nada que le cubriese.

Un año, tres meses y ocho días. Ese tiempo había tenido que pasar para que, por primera vez, viese desnudo a su propio esposo.

En ese momento decidió que todo cambiaría. No tenía nada, así que no había nada que perder.

Sería interesante intentar conquistar a ese hombre. Daba igual si lo lograba, pensaba disfrutar de esa “aventura”. Ya que, después de todo, siempre podía hacer las maletas y buscar una nueva aventura en otro lugar.

 
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